«Songs of a Lost World», el oscuro y glorioso regreso de The Cure
En «Songs of a Lost World» Robert Smith llega a lo más profundo de su corazón lleno de telarañas, haciendo el mejor álbum de la banda desde ‘Disintegration’.
Las palabras “largamente esperado” no alcanzan a hacer justicia al nuevo álbum de The Cure. Songs of a Lost World es un disco que se ha prometido, rumoreado, ofrecido, provocado, anhelado e imaginado durante años. Los fans de la banda han pasado 16 años encendiendo velas y rezando por este álbum, mientras Robert Smith no dejaba de jurar que estaba muuuuuy cerca de terminarlo. Las nuevas melodías sorprendieron a todos en la gira mundial maratónica de The Cure, y nadie se quejó de que al material le hiciera falta trabajo. Sin embargo, Smith siguió ajustándolo en el estudio, prometiendo que los resultados valdrían la pena.
Y no estaba mintiendo. Songs of a Lost World es la triunfante épica power-doom que tenía que ser; sin duda, lo mejor de The Cure desde Disintegration. Smith llega a las profundidades de su corazón lleno de telarañas, explorando la pérdida y el dolor de la edad adulta. Es un álbum que comienza con la frase “Este es el final de cada canción que cantamos” y cierra con “Abandonados, sin nada, el final de cada canción”. En medio de todo eso, las cosas se ponen oscuras.
Lost World es Smith en su faceta más turbulenta emocionalmente, creado mientras lamentaba la muerte de su madre, su padre y su hermano. Podría esperarse que un álbum en el que trabajó durante tanto tiempo sonara disperso, pero es una elegía de rock gótico y espacial, vívida y propulsiva: ocho canciones en 50 minutos que arrancan con un poderoso ataque de la banda.
Alone es un tour de force de siete minutos que comienza entre sintetizadores masivos y golpes de batería dramáticos, atormentado por “los fantasmas de todo lo que hemos sido”. El disco tiene un flujo narrativo, desde Alone hasta Endsong, sin desvíos pop ni interludios tenues. Smith lo escribió y arregló todo, produciendo y mezclando con Paul Corkett, quien también coprodujo Bloodflowers (2000). Se trata de los paisajes de pesadilla adolescente de Pornography y Disintegration, pero actualizados con visiones de envejecimiento, recuperaciones y pérdidas, sueños colapsados con el paso de los años: el niño imaginario convertido en un hombre golpeado por la realidad.
Songs of a Lost World va más allá de The Cure, Bloodflowers y el decepcionante 4:13 Dream de 2008. Es un logro que completa el círculo para el pequeño gótico que ya cantaba “Ayer me volví muy viejo” cuando tenía veintitantos años. La voz de Smith suena más fuerte y enojada de lo que se podría esperar, sobre un sonido de batería sorprendentemente potente, y la deja desgarrar con su extraño aullido angelical. Como puede atestiguar cualquiera que haya visto la gira, la formación actual de The Cure es una sucia bestia de rock vestida de negro. El baterista Jason Cooper lo hace muy bien. Lo mismo pasa con el guitarrista Reeves Gabrels, que siempre fue una presencia divisiva como compañero de David Bowie en los 90, pero nació para estar en The Cure, elevando cada canción con su llamativo histrionismo. También son clave el teclista Roger O’Donnell y el bajista Simon Gallup.
La pieza central es la despedida de Smith a su hermano, I Can Never Say Goodbye, con un motivo de piano de ocho notas que resuena mientras se lamenta: “Algo malvado viene por aquí para robarme la vida de mi hermano”. And Nothing Is Forever y A Fragile Thing son canciones de amor atormentadas, con súplicas para aferrarse sobre sintetizadores agridulces (“Promete que estarás conmigo en el final”). Warsong se desarrolla a partir de un zumbido impulsado por el armonio hasta un colapso total, advirtiendo: “Todo lo que siempre conoceremos son finales amargos”. Todo se estrella en Endsong, el final de 10 minutos, mientras Smith se encuentra “preguntando qué fue de ese chico y el mundo que él llamaba suyo, y estoy afuera en la oscuridad, preguntándome cómo me hice tan viejo”.
Songs of a Lost World podría ser uno de los álbumes de rock que más se han retrasado de todos los tiempos, creado con el habitual desprecio de Smith por los plazos de entrega, al estilo de “crees que estás cansado ahora, pero espera hasta 2024”. Incluso podrías preguntarte si lo retrasó un año más solo para superar a Axl Rose en el derecho de alardear al haber tardado incluso más que Chinese Democracy. Pero, a partir de ahora, es simplemente el nuevo álbum de The Cure, y supera tanto las expectativas que recalibra toda su historia. Está de luto por su mundo perdido, pero este es uno de los mundos musicales más fascinantes que ha creado: el sonido de Robert Smith enfureciéndose contra la oscuridad y negándose a rendirse.