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Diez Noches para Toda una Vida: «Los años nuevos» de Sorogoyen

Es una serie sobre la juventud que se acaba, sobre el amor que no es suficiente, sobre la comodidad de lo conocido y el terror a lo nuevo.

Hay un instante, justo antes de que las campanadas de Nochevieja ahoguen todo, en el que el mundo se queda en silencio. Es un segundo incómodo, lleno de expectativas rotas y la resaca de lo que no hiciste. Rodrigo Sorogoyen, ese artesano del malestar y la tensión que nos regaló la paranoia de El reino y el thriller rural de As bestas, ha decidido instalarse justo ahí. En ese segundo. Y ha construido una serie de diez episodios que no te va a temblar el pulso al decirlo: es la crónica sentimental más dolorosa, honesta y adictiva de la década. Hablamos de Los años nuevos, la coproducción hispano-francesa que llega por fin a MUBI para latinoamérica y el resto del mundo (tras su paso triunfal por Venecia y Movistar Plus+ en España) y que merece que le dediques la primera noche del año a verla, aunque quizá, como advierten en redes, sea mejor no verla con tu pareja actual.

La premisa es tan sencilla que asusta. Conocemos a Ana (Iria del Río) y a Óscar (Francesco Carril) justo cuando el calendario cambia de 2015 a 2016 . Ella cumple 30 el 1 de enero, él los cumplió el 31 de diciembre. Ella vive en un piso compartido, trabaja de cualquier cosa menos de periodista y tiene un pie en Vancouver para huir de su falta de rumbo; él es un médico vocacional atrapado en la precariedad de la sanidad pública, saliendo de una ruptura que aún le duele . El flechazo es inmediato, eléctrico, de esos que en el cine suelen resolverse en una comedia romántica de hora y media con final feliz. Pero Sorogoyen, junto a sus creadoras Sara Cano y Paula Fabra, no quiere el final feliz. Quiere lo que viene después. Quiere el vértigo de ver si ese amor sobrevive a una década de Nocheviejas.

Y aquí está la magia del formato: diez episodios, diez noches del 31 de diciembre al 1 de enero, durante diez años consecutivos . Es como si alguien hubiera cogido una cámara y hubiera decidido sacar una foto de flash cada doce meses, sin filtros, mostrando las arrugas, las canas, la panza, el hartazgo y, a veces, la ternura que se cuece entre sábanas compartidas. “Es como si nos dieran un resumen de nuestros últimos diez años de vida condensados en siete horas y media de metraje”, reflexionaba el propio director . Y duele porque te ves reflejado. Porque todos hemos sido ese “Chico Triste” que se llama Óscar o esa “Chica Tormenta” que es Ana.

La máquina del tiempo de Sorogoyen

Uno de los mayores aciertos de Los años nuevos es cómo logra evocar la “época” sin caer en el esperpento. El arranque en 2015 huele a Madrid de botellines de Mahou, a tabaco en los bares (cuando aún se podía fumar en las terrazas sin que te miraran mal) y a la banda sonora de Nacho Vegas sonando de fondo mientras dos desconocidos se miden en una conversación que dura hasta el amanecer . El director confiesa que la idea le surgió hace ocho años, cuando él mismo estaba en una relación y se planteó: “¿Qué pasaría si siguiéramos a esta pareja durante una década?” . Curiosamente, esa relación ya no existe en su vida personal, pero su fantasma recorre cada fotograma de la serie.

A diferencia del drama exagerado de otras ficciones, aquí los conflictos son realistas hasta la médula: pagar una multa, una muerte incómoda de una vecina, un viaje a Berlín que sale mal, la presión de una cena familiar de Nochevieja donde los padres preguntan cuándo van a sentar la cabeza . La serie transita del costumbrismo a la comedia agridulce con una solidez que recuerda a la trilogía de Linklater (Antes del amanecer/atardecer/medianoche), pero con un barniz muy español, muy Trueba (de hecho, Francesco Carril es actor fetiche de Jonás Trueba, y hay un guiño metaliterario hermoso donde se cruzan ambos universos) .

Actuaciones que queman la pantalla

Iria del Río es el alma desordenada de la función. Su Ana es ese personaje que todas las treintañeras van a aborrecer y querer a partes iguales: impulsiva, caprichosa a veces, pero con una fragilidad que la hace brutalmente humana. Hay un episodio en el que su protagonismo se desplaza a su nueva vida en Francia (con un personaje que interpreta Vladimir Perrin) y la soledad que emana es tan física que parece que puedes tocarla . Por otro lado, Francesco Carril compone a Óscar como un hombre de “vida resuelta” que en realidad es un castillo de naipes emocionales. Esa mezcla de seguridad profesional y caos sentimental lo convierte en el espejo de tantos millennials que creían tenerlo todo controlado hasta que el amor (o la falta de él) los tiró al suelo.

La química entre ambos es, sencillamente, electrizante. Las escenas de sexo no están puestas por morbo; son conversaciones con el cuerpo, diálogos de carne y hueso que muestran cómo la intimidad se construye, se desgasta o se reaviva con los años .

Una producción que huele a cine europeo de calidad

Rodada en Madrid, Berlín y Lyon , la serie presume de una fotografía que juega con el contraste: las luces cálidas y borrosas de las fiestas iniciales se van apagando conforme avanzan los episodios, dejando paso a tonos más fríos y límpidos, como si el desencanto filtrara el color. Sorogoyen no dirige solo; se rodea de las directoras Sandra Romero y David Martín de los Santos para dar vida a ciertos episodios, lo que aporta pequeñas variaciones de ritmo que mantienen fresco el relato . La producción corre a cargo de Caballo Films (la casa de Sorogoyen) en colaboración con Movistar Plus+ y ARTE France, lo que explica ese acabado impecable y ese aroma a cine de autor que a veces se echa de menos en las series de plataformas masivas .

La banda sonora: un personaje más

No se puede hablar de Los años nuevos sin mencionar a Nacho Vegas. El cantautor asturiano no solo presta sus temas (“La noche más larga del año”, “La gran broma final”) para apuntalar emociones, sino que compuso una canción original para la serie que se convierte en el leitmotiv de la relación . En un momento dado, Ana escapa de la realidad con Adelante, Bonaparte de Standstill en sus auriculares mientras el ruido del tráfico de Madrid y los audios de WhatsApp la bombardean. Esa lucha entre lo que quieres escuchar y el ruido que te impone la vida adulta resume todo el conflicto de la serie.

El veredicto final (si es que se puede emitir un veredicto contra el corazón)

Los años nuevos es una patada en el estómago. No es apta para cínicos empedernidos ni para los que acaban de salir de una ruptura reciente. Porque Sorogoyen y su equipo han logrado algo casi imposible: filmar el paso del tiempo sin usar efectos especiales, solo con las ojeras de los actores, con los cambios en el peinado de Ana, con la forma en que Óscar ya no corre a coger el metro sino que pide un taxi. Es una serie sobre la juventud que se acaba, sobre el amor que no es suficiente, sobre la comodidad de lo conocido y el terror a lo nuevo.

Al final, cuando suena el décimo episodio y el plano secuencia (ese recurso que Sorogoyen adora y domina) nos deja boquiabiertos, la pregunta no es si Ana y Óscar terminan juntos. La pregunta es: ¿Nosotros, los espectadores, seguimos creyendo en las segundas oportunidades? Los años nuevos no da respuestas. Solo se limita a levantar la mano y señalar la realidad, como aquel amigo que te dice “atrasa diez años” mientras miras una foto antigua . Y nosotros, pobres ilusos, solo podemos apretar play y dejarnos llevar.

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