
Un disco de Bar-Toloche para las fisuras del presente
Nacho Vegas siempre ha sido un cantautor que se rehúsa a la” limpieza“. No se le ve bien en un mundo de curadurías perfectas, de playlists de ocho segundos y de portadas lisas. Con Vidas semipreciosas, su noveno álbum de estudio, el gijonés vuelve a poner el dedo sobre lo que duele, pero también sobre lo que brilla entre las grietas. No es un disco de golpes, sino de profundidades, de canciones que se sientan como relatos de barrio, de madrugadas, de juicios, de historias que nadie se atreve a contar en serio, y de pequeñas luces que se encienden cuando todo parece desmoronarse.
Nacho Vegas, un cantautor español que se ha ido construyendo a base de ruidos de fondo, de lecturas de segunda mano y de un deseo incómodo de no quedarse en la superficie, llega a Vidas semipreciosas con más de veinte años de carrera a la espalda. Ese bagaje se nota: en la forma en que maneja la voz, en la manera en que se mueve entre el lirismo más ácido y la ternura más desconfiada. En el álbum, no hay nada de artista de salón, de poesía para recitar sobre un tronco, pero sí hay una consistencia férrea de alguien que conoce su oficio, sus límites y, sobre todo, sus verdades.
El título, por sí solo, ya es una declaración. Vidas semipreciosas se inspira en las piedras que no aparecen en los catálogos de lujo, las que se llaman “semipreciosas” por no ser diamantes ni esmeraldas, pero que tienen un brillo particular, una textura, un color que se niega a ser uniforme. En el disco, cada canción funciona como una de esas rocas, llena de desigualdades, de imperfecciones, pero de una belleza incómoda, difícil de definir. No se trata de disculparse por no ser perfecto, sino de reivindicar que la belleza no siempre habita en lo impoluto, sino en lo que se ha roto y se sigue usando.
La música, lejos de sonar redonda o barnizada, se mueve en un punto medio entre el folk más terrenal y el rock más sucio, con toques de cuerdas, de arreglos corales y de una instrumentalización que parece sacada de un sótano, pero con un cuidado casi obsesivo por la textura sonora. El disco se abre con Alivio, un tema que se cuelga del mantra “Quizás cualquier placer sea un alivio” de William Burroughs, y que se convierte en un eslogan contra la idea de que la felicidad debe ser un destino, no un respiro fugaz. En ese corte, ya se intuye la tensión que recorre todo el álbum: entre la luz y el dolor, entre el deseo de seguir adelante y el peso de lo que se ha quedado atrás.
A partir de ahí, Vidas semipreciosas se despliega como un viaje. En canciones como Los asombros, Nacho se refugia en lo pequeño, en lo que se convierte en sagrado cuando el mundo se pone hostil; en Mi pequeña bestia, convierte una jornada entera en un relato de supervivencia, donde la “bestia” puede ser un amor, un proyecto, una canción, cualquier cosa que se niega a morir, incluso cuando todo a su alrededor parece deshacerse. Hay un tono de subsistencia, no de victoria, y eso es lo que hace que el disco no se sienta como un producto acabado, sino como un trabajo en proceso, como un diario personal que se ha dejado caer ante la audiencia sin pedir permiso.
En la producción, el disco se siente como un trabajo de equipo, pero también de intimidad. Fue grabado y mezclado entre octubre y noviembre de 2025 en Casa Murada, en Tarragona, en Caballo Grande, en Barcelona, y con grabaciones adicionales en La Cuadra Tiadoiro, en Asturias, con la mano de Rubén Bada. La producción corre a cargo de Cristian Pallejà, Hans Laguna, Ferran Resines y el propio Nacho Vegas, con un mastering de Javier Roldón que le da claridad sin borrarle las imperfecciones. El resultado es un sonido que no pretende lucirse, sino acompañar, con un cuidado por la temperatura, por el sonido del aire, por la respiración de cada tema.
En la parte visual, el álbum está acompañado por un arte dirigido por Jordi Santos y una portada de Candela Sierra, galardonada con el Premio Nacional del Cómic 2025, que se suma a la idea de imperfecto: no busca un diseño de alta gama, sino una imagen que se sienta auténtica, con un color que no se somete.
La gira que acompaña al disco, titulada Vidas semipreciosas, arranca con dos conciertos en Asturias, con las entradas agotadas, y luego se extiende a lo largo de España y Latinoamérica, con fechas cerradas hasta el verano de 2026. En vivo, las canciones se vuelven aún más intensas, con coros improvisados, con un público que se siente parte de la historia, con un ambiente que recuerda a una reunión familiar, a una asamblea, a una celebración desgastada.
En el disco, además, hay un elemento político que se cuela sin miedo a sonar incómodo: voces en castellano, catalán y euskera, de personas ligadas a casos de presos, juicios y exilios, aparecen como interludios que atraviesan el álbum como cables de tierra, recordando que la música siempre se escucha en un contexto concreto. No es una bandera decorativa, sino un recordatorio de que la belleza también es un acto de resistencia, de memoria, de solidaridad.
En la crítica, Vidas semipreciosas se describe como un disco que no se ofrece de buenas a primeras, sino que se gana a pulso. Es un trabajo que no se adapta a la idea de “perfecto”, pero que se sostiene con una honestidad terrible: no busca complacer, sino convocar, no quiere ser una joya, sino una piedra semipreciosa, de esas que se encuentran en el camino, que se llevan en el bolsillo, que se desgastan, pero que siguen brillando.
Para un oyente de hoy, el álbum funciona como un diario del tiempo presente, con todas sus grietas, con su desconfianza, con su deseo de seguir adelante, con su rechazo a la idea de que la perfección sea el único camino. En un mundo de productos pulidos, de canciones de consumo rápido, Vidas semipreciosas se siente como un regreso a la música que se construye con el tiempo, con el cuerpo, con la experiencia, con lo que no se puede reducir a un trino o a una frase de efecto.
En el fondo, el disco es un acto de resistencia contra la idea de que la belleza debe ser perfecta, contra la noción de que el arte debe ser pulido, contra la creencia de que la música debe ser un escapismo. Nacho Vegas, con su voz quebrada, con sus letras crudas, con su disposición a sonar incómodo, se convierte en una voz necesaria, en una que se siente como un eco de un barrio, de una ciudad, de un país, de un mundo que se ha roto y se sigue armando.
Para WWM.rocks, el disco funcionará como un punto de encuentro entre lo personal y lo político, entre lo local y lo universal, entre lo que se ha roto y lo que se sigue construyendo. No es un disco de facilidades, pero sí uno de verdad, de esos que se quedan en la memoria, de los que se vuelven parte de la educación sentimental de quien los escucha.
En resumen, Vidas semipreciosas es un disco de imperfecciones, de grietas, de belleza incómoda, de DIOS y de política, de barrio y de mundo, de futuro y de pasado, de quien se niega a dejar de mirar la realidad, incluso cuando duele, incluso cuando se rompe, incluso cuando todo parece deshacerse.
Nacho Vegas – Mi pequeña bestia



