Gala i Ovidio, entre la tradición gallega y la vanguardia eléctrica
Lo que hace especial a «Un final que parece un principio» no es la suma de un nombre reconocido con otro, sino la manera en la que se aprovecha esa suma para crear algo que no se parece a nada ya escrito.
Cuando se junta alguien que lleva la tradición gallega en los huesos con un arquitecto sonoro que se mueve entre flamenco, vanguardia y experimentaciones electrónicas como si fuera de la misma familia, el resultado suele ser incómodo de empaquetar en un solo género. Eso es, en el fondo, lo más honesto que se puede decir de «Un final que parece un principio», el disco que oficializa el proyecto Gala i Ovidio formado por Aida Tarrío —una de las voces de Tanxugueiras— y Raül Refree, productor y músico que ha dejado su sello en discos como los de Rosalía, Rocío Márquez o Niño de Elche.
Todo empezó, en términos más o menos formales, en una residencia en el pazo de Mariñán, en torno a 2021, cuando Aida y Raül se conocieron en un contexto de encuentros entre músicos gallegos y este catalán que se ha hecho una especie de “especialista en tradición malhumorada”. Ahí no se trató de montar un proyecto inmediato, sino de ir tejiendo una conversación que se prolongaría durante años, con grabaciones, búsquedas y pruebas que iban quedando en el cajón hasta que tuvo sentido sacarlas a la luz. El nombre del dúo, Gala i Ovidio, es un guiño a los hijos gemelos de Rosalía de Castro, la escritora que ha marcado la literatura gallega, y funciona como un pequeño homenaje simbólico a la herencia cultural y al carácter de la propia Aida, que arrastra la galleguidad sin necesidad de cornetas ni banderines.
El disco, en realidad, es la fusión de dos EPs que salieron en 2025 bajo los títulos lo que hace especial a «Un final que parece un principio» no es la suma de un nombre reconocido con otro, sino la manera en la que se aprovecha esa suma para crear algo que no se parece a nada ya escrito . En formato digital, quedan como un LP de diez canciones y unos treinta minutos de duración, pero el truco está en entenderlos como dos caras de una misma historia: en la primera mitad, toda la sensación de clausura, el fuego que se apaga, el barco que se quema antes de emprender una nueva ruta; en la segunda, la herida todavía presente, pero ya con un pie en la búsqueda de otra vida, con esa extraña mezcla de esperanza y desconfianza que acompaña a quien ha tocado fondo. El contraste no es solo temático, sino sonoro: las primeras canciones se nutren más claramente de la tradición gallega, con voces a capela, panderetas, coros y una teatralidad que recuerda a cierto folclore atlántico reinterpretado desde el sofá del 2025. Ahí destacan temas como La teoría de la gravedad, Cara o mar, De maio a abril y Aluméame, donde la voz de Aida se muestra sin maquillaje, casi sin artificio, como si se hubiera dado permiso para sonar cruda, gutural, sin buscar una “voz bonita” sino una voz verdadera.
De maio a abril, en particular, es una de esas piezas que nacen para ser clásicas: el nombre viene de la idea de un tiempo que se cierra y se vuelve a abrir, y la música se mueve entre una melodía casi bucólica y unos arreglos que rompen con suavidad todas las expectativas, mezclando elemento tradicional con el gusto de Refree por el detalle electrónico, por el silencio que pesa tanto como el ruido. La sensación es de que, en lugar de arrimarse a la tradición para “preservarla”, se la están usando como un material plástico, algo que se puede deformar, estirar o acelerar sin que pierda sentido.
En la segunda parte, el peso de lo folclórico se difumina y el disco se mueve hacia un pop más contemporáneo, aunque siempre con un tono melancólico que no se disfraza de optimismo fácil. Las canciones se sienten más íntimas, más cercanas al plano del cuerpo y la emoción que al gran ritual coral. Aquí entra en juego el lado más “pop” y accesible del proyecto, donde el oyente puede reconocer estructuras de canción más convencionales, puentes que funcionan como corazonadas y estribillos que se quedan pegados sin necesidad de gritar. Hay letras que hablan de pérdida, de despedidas que no se dicen del todo, de reencuentros con uno mismo, de la dificultad de encontrar amor cuando no te sientes preparado para él. Gala i Ovidio no se plantea escribir himnos de estadio, sino confesiones para escuchar con los ojos cerrados, a veces en la oscuridad del cuarto, a veces mientras el paisaje se desdibuja desde la ventana del coche.
En términos de producción, el disco es una muestra de la mano de Raül Refree: un tipo acostumbrado a tocar la tradición sin ponerle un cinturón de seguridad, alguien que entiende que la musicalidad puede ser tanto un sonido de guitarra clásica como un tren que pasa por encima de la mezcla. Los arreglos se mueven entre el minimalismo casi cinematográfico y esos momentos en los que el ruido se vuelve protagonista, como si el proyecto se hubiera propuesto combinar la ceremonia ancestral con la tensión de la vanguardia. Puede haber un silencio que se siente más cargado que una tormenta, o un aplauso lejano que se confunde con un efecto de estudio. Esa es una de las marcas distintivas aquí: la sensación de que todo está pensado, pero que nunca se siente forzado.
El punto más arriesgado del disco llega al final, con Espadelada GiO, una pieza que funciona como remate dramático y casi catártico. La canción se mueve entre una energía casi ruidista y una sensación de choque estilístico que recuerda a ciertos momentos de Luc Ferrari, pero acelerados y llevados a un contexto más cercano al pop experimental. El efecto es el de una grieta abierta en mitad de la narrativa: no se cierra el disco con una despedida dulce, sino con un golpe que deja la puerta entreabierta, como si el “final” del título no fuera un punto y seguido, sino un límite que se empieza a trazar de nuevo. Y en ese gesto, se entiende el título completo: «Un final que parece un principio».
En el escenario, Gala i Ovidio ya ha ido presentando este material en conciertos donde se nota que la propuesta no nació solo para la escucha solitaria con auriculares. La presencia de Aida frente al micrófono, con su voz que se mueve entre el canto colectivo y el murmullo íntimo, combinada con la solidez de Refree manejando la guitarra y la textura electrónica, crea un puente entre la corralada y el club, entre el folclore y la sala de conciertos más moderna. El proyecto ha ido apareciendo en festivales, teatros y espacios culturales, en citas donde se insiste en la idea de tomarse el tiempo que se necesite, fuera de la rueda frenética de la industria que obliga a lanzamientos cada seis meses.
En el fondo, lo que hace especial a «Un final que parece un principio» no es la suma de un nombre reconocido con otro, sino la manera en la que se aprovecha esa suma para crear algo que no se parece a nada ya escrito. Es discoteca pero sin pretender ser bailable, es tradición pero sin hacer apología de la costumbre, es pop pero sin obsesión por la métrica viral. Aida Tarrío se sale de su rol de panderetera coral para mostrar una vulnerabilidad más personal, mientras Refree se desplaza de su imagen de “productor de estrellas” para volver a ser un tipo que juega con el sonido como si fuera arena, sin miedo a ensuciarse. El resultado es un disco que, en vez de declarar el fin de una etapa, lo convierte en el punto de partida de otra: un final que, a estas alturas, ya no se lee como despedida, sino como promesa.
GALA I OVIDIO “Fantasmas que se ocultan” / RRR Live #2