Música
«Løse», la nueva vida eléctrica de Diego Vasallo
Løse» es un disco que exige al oyente algo más que atención distraída: pide tiempo, escucha completa, disposición para habitar un estado de ánimo hecho sonido.
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Hay discos que no solo inauguran una etapa: parecen encender una luz nueva en un trayecto que ya creíamos cartografiado. Ese es el caso de «Løse», el debut del proyecto homónimo con el que Diego Vasallo, histórico de Duncan Dhu y alma inquieta de la escena española, decide dejar atrás cualquier tentación de nostalgia para sumergirse en un rock alternativo denso, de pulsión post‑punk, lleno de músculo, niebla y cicatrices sonoras. El título del grupo, tomado del danés “løse” (suelto), funciona casi como un manifiesto: una forma de insistir en la libertad creativa y en la voluntad explícita de desmarcarse tanto del pasado de Duncan Dhu como de sus propios discos en solitario.
Para entender el impacto de este álbum hay que colocar a Vasallo en su contexto: nacido en San Sebastián en 1966, dio el salto a la música en los ochenta con Duncan Dhu, banda clave del pop español que, a base de melodías sencillas y estribillos memorables, se convirtió en una de las formaciones más reconocibles de su generación. Tras los años de éxito masivo, su nombre se fue asociando también a la inquietud artística y al riesgo: proyectos como Cabaret Pop y una sólida carrera en solitario lo mostraron como un compositor más oscuro, literario y permeable a las sombras que a la luz radiante del hit radiofónico. Cuatro décadas después de sus primeros pasos, lejos de aposentarse en el cómodo sillón del recuerdo, decide volver al formato banda con un enfoque distinto: una obra que rehúye el retro por sistema y mira de frente a un presente convulso.
«Løse» no es un alias solitario ni un capricho de estudio: es una banda a todos los efectos, armada como un pequeño laboratorio eléctrico en torno a la voz y las letras de Vasallo. Lo acompañan Fer García (The Young Wait, ILL) en la guitarra solista, Xabi Arratibel (Bananas, Hyedra) al bajo, Oriol Flores (IDOIA, Pol 3.14) en la batería y Germán San Martín (habitual de Loquillo o Quique González) en los teclados, una alineación que explica la profundidad y la textura del sonido que encontramos en el disco. Más que una mera banda de acompañamiento, el grupo funciona como un organismo vivo: García firma buena parte de los esqueletos musicales, construyendo riffs, secuencias de acordes y atmósferas que luego Vasallo habita con sus textos, adaptando melodías y líneas vocales a esos bocetos iniciales. El resultado son canciones donde la autoría se percibe como un diálogo constante entre la palabra afilada y el ruido controlado.
El álbum homónimo «Løse» llega como un bloque compacto de siete temas que se ordenan deliberadamente en dos caras, reivindicando la experiencia del disco como viaje con un principio, un intermedio y un desenlace. Esa estructura “a la vieja usanza” no es solo un guiño al vinilo: ayuda a marcar dos zonas de temperatura emocional distintas, aunque unidas por un mismo hilo de tensión, incertidumbre y huida. A lo largo del repertorio sobrevuelan tres grandes ideas: las heridas abiertas que no terminan de cerrar, las sombras que se adhieren al día a día y la necesidad casi física de dejar algo atrás y buscar un territorio desconocido donde rearmarse. El oyente se mueve así por un paisaje de desasosiego hermoso, lleno de imágenes en las que se cruzan la ceniza, el desorden y una especie de épica íntima, cortante, que no necesita gritar para resultar devastadora.
En el terreno sonoro, «Løse» se sitúa en un punto de encuentro muy particular: rock alternativo con pulsión post‑punk, bases pesadas y riffs que reptan más que saltar, salpicados de distorsión granulosa, feedback y texturas casi industriales. Hay ecos que remiten a Mark Lanegan, The Fall, Bauhaus o incluso a una oscuridad cercana al blues de pantano, pero siempre filtrados por el universo propio de Vasallo, que huye de la cita fácil y del pastiche retro. No es un álbum que busque sonar a “clásico” de otra época, sino a presente turbulento: guitarras envueltas en fuzz, sintetizadores que exhalan niebla, una sección rítmica que pisa fuerte y un tratamiento de la voz que apuesta por la cercanía rugosa, sin pulir en exceso las aristas. En lugar de recurrir a la nostalgia, el disco parece preguntarse cómo suena el desconcierto de estos años, cómo se traduce en canciones esa mezcla de furia contenida, amor que se resiste a morir y desamparo que se instala a la vuelta de cualquier esquina.
La producción del álbum refuerza esa impresión de viaje nocturno: las canciones fueron grabadas entre Musika Faktoria, Green Farm Recordings y Ederson Estudio Lab, tres espacios que dieron al grupo margen para experimentar con capas, ambientes y dinámicas. La producción corre a cargo de Fer García y del propio Vasallo, una dupla que se reparte responsabilidades entre la arquitectura musical y la sensibilidad narrativa de la voz, mientras que las mezclas están firmadas por Aitor Ederson junto al propio García y el máster final lleva la firma de Estanís Elorza, desde Doctor Master. Ese equipo técnico apuesta por un sonido tenso, con mucho aire en las frecuencias medias‑bajas, que permite que cada golpe de batería y cada línea de bajo tengan peso, pero sin ahogar el detalle de los teclados ni el susurro de algunos arreglos de guitarra. No hay un barniz pulcro ni reluciente: más bien una especie de pátina áspera, casi metálica, que encaja a la perfección con la poética de “canciones de fuzz, cenizas y desorden… furia, amor y desamparo” con la que el propio proyecto se define.
En ese contexto, piezas como “Hay un hueco en algún sitio” funcionan como cartas de presentación ideales: un primer sencillo oscuro, elegante y tenso, donde las guitarras rugen con fuzz, la base rítmica avanza como un animal contenido y las palabras parecen llegar envueltas en presagio. Hay una sensación de amenaza latente, pero también de belleza: las imágenes de la letra dejan entrever grietas, zonas de sombra, espacios donde algo falta pero también donde todavía podría crecer algo nuevo. Más reciente, “Cose mis heridas” se presenta como otra pieza clave del universo del disco, un tema que refuerza la idea de la cicatriz como metáfora central del proyecto: la herida no desaparece, pero se intenta suturar, hacerla llevadera, convertirla en parte de la propia piel. A lo largo del álbum, títulos como “Zona de sombras” o “No me cuentes nada que no quiera saber” dibujan un mapa emocional coherente, donde cada canción es un fragmento de una misma historia: la de alguien que camina al borde del desfiladero pero decide seguir adelante, aunque sea a trompicones.
La voz de Diego Vasallo merece un párrafo aparte. Con el paso de los años, su timbre se ha ido volviendo más áspero y cálido a la vez, como una hoguera crepitando en medio de un bosque oscuro. En «Løse», esa cualidad se explota al máximo: hay momentos en los que suena casi como un Dylan tardío arropado por una banda de guitarras expansivas al estilo Slowdive, una letanía solemne que se adentra en la madurez, en las oportunidades perdidas, en la resiliencia de quien ha visto pasar varias vidas y aún así está dispuesto a una más. No es una voz que busque el virtuosismo ni el lucimiento, sino la credibilidad: cada frase parece dicha por alguien que cree en lo que canta y que no necesita levantar demasiado el volumen para hacerse escuchar. En un panorama saturado de interpretaciones impostadas y filtros de estudio, ese enfoque casi orgánico, imperfecto, termina siendo uno de los grandes puntos a favor del disco.
En cuanto a las letras, se mantiene el Vasallo letrista fino, amigo de la imagen que sugiere más de lo que explica. Aquí abundan las referencias a la huida, a dejar atrás lo conocido, a buscar una salida en medio de un paisaje que se percibe hostil, a medio camino entre lo emocional y lo social. No hay proclamas explícitas ni discursos programáticos, pero sí la sensación clara de estar cantando desde un tiempo donde la incertidumbre ha tomado la forma de un personaje más, omnipresente. Vasallo mantiene su gusto por la penumbra, por la belleza de lo imperfecto, por esas frases que parecen más un verso encontrado al margen de un cuaderno que un lema de camiseta. El oyente que se detiene en los textos encuentra heridas, sombras y enigmas, pero también pequeñas rendijas de luz: resignación y entrega, pero nunca derrota absoluta.
Un detalle importante del proyecto es su voluntad de romper cualquier enlace fácil con los trabajos anteriores de sus miembros. «Løse» se presenta, desde el nombre mismo, como un espacio de total libertad creativa y desvinculación de las trayectorias previas de Vasallo y compañía. Eso no significa renegar del pasado, pero sí evitar usarlo como muleta o reclamo nostálgico: no hay aquí guiños evidentes a Duncan Dhu ni relecturas disfrazadas de viejas canciones, sino un sonido que sorprende por lo distinto, incluso para quienes han seguido de cerca la discografía del donostiarra. En entrevistas recientes, él mismo ha insistido en que la nostalgia no le parece un buen motor creativo y que, de hecho, huye de ella “como de la peste”, una declaración que se siente plenamente coherente al escuchar el álbum de principio a fin.
El nacimiento de «Løse» como banda se remonta a comienzos de 2025, cuando los músicos se encerraron en estudio para dar forma a estas siete canciones, sin plantearlo como un proyecto lateral ni como una simple variación de su carrera solista. Se trata más bien de una nueva forma de estar en la canción: colectiva, abierta, arriesgada en el sonido, pero fiel a las constantes que han definido su obra a lo largo de cuatro décadas, como la búsqueda de belleza en la penumbra y una fidelidad absoluta a un lenguaje propio. El hecho de que el primer paso haya sido un álbum tan compacto, con una estética tan marcada y un discurso tan coherente, invita a pensar en un proyecto con vocación de continuidad, no en un experimento aislado. Los primeros conciertos, anunciados para primavera, apuntan a un directo intenso, con el grupo funcionando como una máquina de ruido controlado al servicio de esa voz que narra desde la periferia.
«Løse» es, en suma, un disco que exige al oyente algo más que atención distraída: pide tiempo, escucha completa, disposición para habitar un estado de ánimo hecho sonido. No busca gustar a la primera, no tiene prisa por colocar un estribillo redondo en el segundo 30, y quizá por eso mismo se queda más tiempo en la memoria de quien se deja arrastrar por sus canciones. Para quienes conocieron a Diego Vasallo por las melodías luminosas de los ochenta, puede resultar un giro drástico; para quienes lo han seguido en sus aventuras más sombrías, es una confirmación de que aún tiene mucho hueco por llenar en la música española. Entre fuzz, cenizas y desorden, el donostiarra firma uno de esos trabajos que no buscan cerrar heridas, sino mostrar cómo se aprende a convivir con ellas.
DIEGO VASALLO (concierto completo/full performance) | [ENCAJA2]