Música

Syd dePalma y «paris»: un viaje psicodélico por las ciudades que llevamos dentro

Escuchar «parís» de principio a fin se parece a caminar de noche por una ciudad que no conoces, guiado apenas por una serie de luces que se prenden y se apagan…

 

Hay discos que no solo se escuchan: se habitan. paris, el segundo trabajo de Syd dePalma, es uno de esos álbumes que se despliegan como ciudad emocional, con calles llenas de neón vibrante, humo de cigarro barato y una sensación constante de vértigo interior. No es la postal romántica de la capital francesa, sino un lugar imaginario donde la ansiedad, el deseo, la culpa y cierta espiritualidad rota conviven como si fueran vecinos de edificio. En nueve cortes, el músico granadino afincado en Barcelona arma un mapa de crisis, espejos deformes y pequeños destellos de luz, envuelto en una atmósfera onírica y expansiva que respira tanto pasado noventero como tecnología emocional del aquí y ahora.

Detrás de Syd dePalma está Milton Castellar, músico, compositor, multiinstrumentista y productor originario de Granada, con formación en ingeniería de audio en SAE Barcelona y una trayectoria que no se entiende sin la mezcla constante de raíces y alienación urbana. Antes de llegar a paris, Castellar se movió entre Granada, Berlín, Madrid y finalmente Barcelona, absorbiendo tanto la densidad espiritual de ciudades castigadas como Berlín como la vibración nocturna de escenas donde lo electrónico, el rock y el flamenco conviven en el mismo cuarto sin pedir permiso. Su primer disco, El Lugar de Arder, ya lo había situado como un nombre raro pero necesario: un proyecto que entendía la música como recorrido más que como postal, una especie de camino entre sombras mediterráneas, atmósfera lisérgica y experimentación pop.

Con paris, esa intuición de viaje se convierte en método, casi en declaración estética. El álbum navega en un sonido “humano y futurista”, como si las guitarras y capas de ruido vinieran empapadas de trip‑hop, post rock, dreampop y una electrónica que no busca el punch del club, sino el zumbido de la mente a las tres de la mañana. A eso se le injerta, sin pudor, una raíz flamenca que no aparece como guiño folclórico sino como nervio expuesto: está en cantes que se deslizan entre lamentos y mantras, en giros melódicos que recuerdan a tradiciones andaluzas y, de forma directa, en la presencia de Niño de Elche y en piezas como “ansiedad de loleylola”. El resultado es un disco que parece construido a partir de la fricción entre mundos: espiritualidad y químicos, calle y ensoñación, eco de iglesia vieja y reverberación de club mínimo.

En el plano sonoro, paris levanta un andamiaje que se alimenta del post‑punk más espectral, del shoegaze ruidoso, de una atmósfera expansiva y del jazz‑rock en clave densa, casi Morphine, pero filtrado por una sensibilidad contemporánea que dialoga con nombres como The Cure, Echo & the Bunnymen, Spiritualized o incluso la oscuridad pop de Elliott Smith y la experimentación de Nicolas Jaar. Todo esto no se presenta como referencia directa, sino como ecos que resuenan en líneas de bajo viscosas, baterías que se arrastran como si vinieran de un sueño pesado y capas de guitarras que se deshacen en feedback mientras la voz de Syd funciona a ratos como narrador íntimo y a ratos como un personaje más perdido dentro del propio relato. Hay también un gusto por la textura: reverbs largas, delays que se comen los bordes de las frases y pequeños detalles electrónicos que puntean la mezcla, como si cada canción fuese una habitación distinta del mismo edificio emocional.

Los nueve temas que componen paris están escritos en español, pero la forma en que Syd estructura sus letras y melodías les da un aire casi cinematográfico, más cercano a un monólogo interior que a la canción de rock convencional. En “príncipe”, tema de apertura, ya se intuye el corazón del disco: un personaje que se mira obsesivamente al espejo, que no sabe dónde termina el deseo propio y dónde empieza la expectativa ajena, que fantasea con desaparecer mientras se imagina a los demás buscando un reflejo que tal vez nunca existió. Es un arranque que huele a manifiesto: el ego como enfermedad contemporánea, el éxito como espejismo y la autoimagen como jaula. A partir de ahí, el álbum se despliega como una serie de viñetas donde la ansiedad, la violencia emocional, la culpa compartida y la posibilidad de redención se cruzan, chocan y se vuelven a armar, siempre desde una voz que se sabe frágil pero decidida a narrarse igual.

Las colaboraciones funcionan como puntos de inflexión dentro del viaje. La aparición de Niño de Elche en “vuela, y sus pupilas se dilatan” es especialmente significativa: la canción se sostiene en un imaginario flamenco suspendido entre la llama y la calma, donde la voz se despliega como un cante que ha pasado por filtros de atmósfera lisérgica y relecturas modernas, sin perder la intensidad del quejío. Ahí, Syd aprovecha el peso simbólico de la tradición para hablar de deseo, peligro y entrega desde un lugar que suena a rito, pero también a calle nocturna y a amor que se sabe dañino. En el resto del disco aparecen también figuras como Florent Muñoz (Los Planetas) y Heather Cameron, que refuerzan la dimensión comunitaria del proyecto, subrayando que paris no es solo un viaje interior sino un tejido de vínculos, escenas y complicidades sonoras.

Hay un hilo claramente urbano en la forma en que el disco entiende sus personajes: paris está lleno de figuras atrapadas en cemento, cristal y luces rotas, cuerpos que buscan anestesia o salvación en vicios, relaciones tóxicas y rituales compartidos. Canciones que hablan de colas del vicio, de culpas escupidas y aliviadas, de quedarse a solas con alguien por pura desconfianza hacia el resto del mundo, de lágrimas que dejan tinta y de ansiedades que se entremezclan con memoria familiar y tierras cultivadas. En este sentido, el álbum funciona como un retrato generacional en clave abstracta: no hay declaraciones políticas evidentes, pero sí una mirada muy clara a una época que se debate entre la hiperconsciencia emocional y la incapacidad de sostener vínculos sanos. paris es, en buena medida, la banda sonora de esa contradicción: buscamos arder, pero también queremos sobrevivir al incendio.

En una escena española saturada de propuestas que o bien se refugian en el revival cómodo o se entregan por completo al algoritmo, Syd dePalma aparece como una figura incómoda en el mejor sentido: alguien que decide construir un universo sonoro con códigos propios, que mezcla flamenco, atmósfera expansiva, electrónica y post‑punk sin pedir permiso y que, además, lo hace en español, asumiendo el riesgo de sonar demasiado raro para el mainstream y demasiado emocional para según qué nichos. No sorprende que paris empiece a colarse en recomendaciones de listas independientes y en conversaciones de foros y medios que rastrean lo mejor del año en España: hay una sensación de descubrimiento, de “esto está ocurriendo ahora mismo” que le da al disco un aire de pequeño secreto compartido. Es el tipo de trabajo que, con el tiempo, suele crecer por contagio: de boca en boca, de playlist en playlist, de sala pequeña en festival de culto.

Escuchar paris de principio a fin se parece a caminar de noche por una ciudad que no conoces, guiado apenas por una serie de luces que se prenden y se apagan: a ratos te sientes perdido, a ratos encuentras un rincón que te resulta inexplicablemente familiar, y en algún momento entiendes que el mapa no estaba fuera, sino dentro. Ese es quizá el mayor logro del disco: no se limita a exhibir un catálogo de influencias o a jugar a la rareza, sino que construye una experiencia emocional coherente, con principio, nudo y desenlace, que invita a volver no solo por sus canciones, sino por la forma en que te reacomoda la cabeza. En tiempos de escuchas fragmentadas y singles de usar y tirar, paris se planta como un trabajo que reivindica el acto de sentarse, apagar un poco el mundo y dejar que otra ciudad —esta, imaginaria y a la vez muy real— se instale un rato en tu sala, en tus audífonos, en tu propio ruido interno.

 

 

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