Música

Totó la Momposina (1940-2026): Corazón de agua, tambor y memoria para la eternidad

“Corazón de Agua y Tambor”: ese era su reino. Y desde ahora, también su epitafio. Hasta siempre, reina.

 

El 17 de mayo de 2026, la tierra tembló un poco más hondo en la ribera del Magdalena. No fue un sismo, fue el eco de un corazón que dejó de latir en Celaya, Guanajuato, pero que seguirá retumbando en cada parche de tambor, en cada paso de cumbia y en cada garganta que se atreva a cantar la verdad del Caribe colombiano. Sonia Bazanta Vides, conocida por el mundo entero como Totó la Momposina, cerró los ojos a los 85 años de edad a causa de un infarto agudo de miocardio, poniendo fin a más de seis décadas de una carrera que no solo preservó la música tradicional de su tierra, sino que la volvió un evangelio laico para las nuevas generaciones.

Su familia, a través de un mensaje desgarrador en redes sociales, lo expresó mejor que cualquier obituario: “Totó fue una mujer que con su voz y entrega extraordinaria, llevó la cultura y la memoria del pueblo colombiano a los rincones del mundo”. Y vaya que lo hizo. Desde los escenarios más íntimos de los pueblos ribereños hasta los reflectores del Nobel de Literatura junto a Gabriel García Márquez, pasando por los estudios de Peter Gabriel y las listas de popularidad con Calle 13. Totó no fue solo una cantante; fue la encarnación sonora de la resistencia afroindígena, la guardiana del bullerengue y la matriarca de un linaje que se niega a desaparecer.

Esta es su catedral de barro y tambor. Bienvenidos al repaso de una vida que sonó a libertad.

LOS AÑOS DEL RÍO: UNA INFANCIA ENTRE GUERRA Y TAMBORES

Nació el 1 de agosto de 1940 —aunque algunas fuentes mencionan 1948, la fecha oficial es la primera— en Talaigua Nuevo, un pequeño pueblo bolivarense abrazado por las aguas del río Magdalena, en el corazón de la depresión momposina. De ahí su apellido artístico, Momposina: la que viene de Mompox. Era la cuarta generación de una estirpe de músicos. Su padre, Daniel Bazanta, era tambolero; su madre, Livia Vides, cantadora y bailadora. En esa casa, la música no era un adorno dominical, sino el idioma con el que se rezaba, se trabajaba y se amaba.

Sin embargo, la infancia de Totó no fue idílica. En plena época de La Violencia en Colombia, la familia Bazanta Vides fue perseguida por su filiación al Partido Liberal. Siendo apenas una niña, Totó caminó esquivando cadáveres en las calles de Barrancabermeja. Esa brutalidad temprana le dejó una certeza: la música sería su escudo. La familia escapó a Villavicencio y finalmente a Bogotá, donde su madre fundó un grupo de danza para que sus cinco hijos no olvidaran su orgullo afrocolombiano.

En la fría Bogotá de los años cincuenta, ser costeño era sinónimo de ser “el otro”. Totó sufrió el racismo y la discriminación de una capital que miraba con recelo a la gente de piel oscura. Pero en su casa, las fiestas seguían su curso. Por el salón de los Bazanta desfilaron leyendas como Los Gaiteros de San Jacinto o el mismo Luis Enrique Martínez. Ahí, en esa cueva de resistencia cultural, se cocinó el carácter férreo de la futura reina de la cumbia.

DE CANTADORA DE PUEBLO A EXILIADA POLÍTICA

En 1964 formó su primera agrupación: Totó La Momposina y Sus Tambores. En esa época, la música costeña era un bicho raro en el centro del país. Pero Totó, con su presencia imponente y su voz de mezzosoprano que podía pasar del susurro a la arenga en un segundo, se abrió paso. En 1974, ya era tan poderosa que realizó una residencia de conciertos en el mítico Radio City Music Hall de Nueva York.

Sin embargo, en 1979 la realidad la alcanzó. Acusada de tener inclinaciones políticas de izquierda —algo que en Colombia de los 70 y 80 era un delito peligrosísimo— fue incluida en una lista negra. Sin redes de apoyo, huyó del país como refugiada. Su destino: Francia. Allí no hubo escenarios lujosos. Totó cantó en el metro de París, en mercados populares y en restaurantes, con la misma fiereza con la que lo hacía en las verbenas de su pueblo. “Canté en las calles, en las esquinas, en los mercados, en el Metro, en todas partes”, recordaba años después.

Pero la diáspora tenía un premio escondido. En 1982, cuando Gabriel García Márquez recibió el Nobel de Literatura, eligió a Totó para representar la tradición oral del Caribe colombiano en Estocolmo. Ella fue y cantó. Fue un instante de magia pura, donde el realismo mágico literario se encontró con el realismo sonoro de los tambores.

LA CHISPA QUE PRENDIÓ LA CANDELA VIVA

Tras ese espaldarazo, Totó finalmente pudo grabar su primer álbum oficial. Colombia – Totó La Momposina y sus Tambores (lanzado originalmente como Cantadora en 1983) apareció en el sello Auvidis francés, pero fue su conexión con el músico británico Peter Gabriel lo que la catapultó al Olimpo de la World Music. Tras presentarse en el festival WOMAD en 1991, el legendario productor Phil Ramone —el mismo que trabajó con Paul Simon o Billy Joel— tomó los controles para capturar la esencia de Totó.

El resultado fue La Candela Viva (1993), un disco que es, simplemente, uno de los pilares de la música del mundo. Sin concesiones, sin edulcorantes. En él sonaban “El Pescador”, “Curura” y “Prende la Vela” en toda su crudeza. No había pop, no había autotune, solo la voz de Totó y el diálogo ancestral de los tambores. El mundo, por fin, entendió que la cumbia no era un ritmo menor, sino un continente sonoro entero.

A partir de ahí, la historia es un caudal imparable. Le siguieron Carmelina (1995), Pacantó (2000), La Bodega (2010) y el celebrado Tambolero (2015). Pero Totó nunca fue una pieza de museo. Mientras otros se conformaban con repetir fórmulas, ella seguía investigando, viajando a pueblos remotos de la costa para aprender nuevas variantes del bullerengue o de la chalupa. Su filosofía era clara: “Respeto la palabra folklore, pero para mí significa algo que está muerto, en un museo. La música tradicional está viva, siempre evoluciona”.

EL ASUNTO: CUANDO LA ABUELA CONQUISTÓ EL GRAMMY

Totó era una mujer sabia, pero no ingenua. Sabía que la música tradicional podía dialogar con el presente sin prostituirse. Por eso, cuando René Pérez (Residente) de Calle 13 la invitó a participar en la canción “Latinoamérica”, ella aceptó sin dudar. El resultado fue un himno generacional que retumbó en todo el continente: “Tú no puedes comprar el viento / Tú no puedes comprar el sol”. La pieza ganó el Latin Grammy a Grabación del Año y Canción del Año en 2011, y en 2025 fue elegida por Rolling Stone como la canción del siglo.

En 2013, la Academia Latina de la Grabación le otorgó el Premio a la Excelencia Musical, un galardón que recibió de manos de Carlos Vives en una ceremonia que fue más un ritual de coronación que una simple entrega de premios. Y al año siguiente, su álbum El Asunto (2014) fue nominado al Grammy Anglo en la categoría de Mejor Álbum Tropical Latino, demostrando que la música de raíz podía codearse con los pesos pesados de la industria.

CUANDO EL TAMBOR SE APAGA (PERO NO SE CALLA)

En 2022, Totó anunció su retiro definitivo de los escenarios. Los problemas de salud relacionados con afasia y un cuadro neurocognitivo progresivo se lo impidieron. Su última aparición pública fue en el Festival Cordillera de Colombia, y fue un adiós tan emotivo como desgarrador. Los asistentes corearon sus canciones mientras ella, con dificultad para articular las palabras, movía la cabeza al compás de los tambores que su hijo Marco Vinicio tocaba para ella. El círculo se cerraba.

El 17 de mayo de 2026, en Celaya, México, rodeada de sus hijos Marco Vinicio, Angélica María y Eurídice Salomé, Totó emprendió el viaje definitivo. El gobierno colombiano decretó honores póstumos y anunció una velación en el Capitolio Nacional en Bogotá para el 27 de mayo, como se le debe a una hija predilecta. El presidente Gustavo Petro, visiblemente conmovido, escribió en sus redes: “Ha muerto mi familiar y excelsa del arte y la cultura caribeña colombiana. Que vuele alto hasta las estrellas”.

LEGADO: UNA CATEDRAL DE TAMBORES PARA EL MUNDO

El legado de Totó la Momposina no se mide en discos de oro (aunque los tiene) ni en premios (que también). Se mide en la cantidad de veces que su canto ha sido sampleado por artistas de hip hop como Jay-Z (quien usó “La Verdolaga” en su álbum *4:44*), Timbaland o Major Lazer. Se mide en la huella que dejó en la música de artistas como Lila Downs o Carlos Vives, con quien colaboró en la emotiva “La Tierra del Olvido”.

Sobre todo, se mide en la resistencia: fue la primera en mostrar que la cumbia no es solo un baile de cantina o un ritmo tropical, sino la memoria viva de un pueblo que se negó a desaparecer bajo el peso de la colonización y la violencia política. “La gente necesita la música para identificarse; les da dignidad”, repetía.

Y tal vez por eso, al leer esta nota, el lector sentirá la tentación de buscar “El Pescador” en YouTube o de poner “Curura” a todo volumen. Si así sucede, no se preocupe. Eso no es nostalgia. Es Totó, que desde alguna estrella en el Caribe, sigue moviendo las caderas y haciendo sonar el tambor. Porque la candela viva nunca se apaga. Solo se transforma en leyenda.

‘Corazón de Agua y Tambor’: ese era su reino. Y desde ahora, también su epitafio. Hasta siempre, reina.

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