
Hay discos que parecen salir de un garage, otros de un laboratorio; «Vol.1» de Angine de Poitrine suena como si hubiera sido incubado en una nave espacial estacionada en Saguenay, Québec, con las luces en rojo y el metrónomo roto. Es un debut de larga duración de esos que no piden permiso ni contexto: simplemente aparecen, se plantan frente a ti con dos cabezas de papel maché y te dicen “aguanta el viaje”.
Detrás de esa imaginería absurda hay solo dos personas: Khn de Poitrine y Klek de Poitrine, un dueto francocanadiense que ha decidido llevar el rock de guitarras a un territorio incómodo, hipnótico y profundamente físico. Khn se encarga de las guitarras microtonales y las voces; Klek sostiene todo con una batería tensa, llena de giros rítmicos, además de sumar coros y texturas vocales. No son precisamente una banda “de canción”, sino un organismo que juega con la disonancia, los compases irregulares y el ruido como si fueran plastilina, pero que al mismo tiempo nunca pierde de vista algo fundamental: esto tiene que hacerte mover el cuerpo.
El nombre del proyecto, Angine de Poitrine (angina de pecho, en francés), funciona casi como declaración de principios. Lo suyo es provocar esa sensación de pecho apretado, de adrenalina rara, de euforia mezclada con ansiedad cuando la música se sale del camino conocido y no sabes muy bien en qué momento tomaste esa desviación. Se describen a sí mismos como una especie de culto absurdo, devotos del rock and roll más excesivo pero filtrado por un lente dadaísta, medio matemático, medio cubista, donde las formas se rompen y se rearman en segundos. Arriba del escenario se presentan como viajeros espaciales llenos de lunares y pirámides, ocultos detrás de máscaras enormes, convirtiendo el show en una experiencia performática tanto como musical.

«Vol.1», publicado en junio de 2024, llega después de algunos sencillos que ya habían dejado ver por dónde iba el experimento, pero aquí todo está articulado con una claridad sorprendente. Son seis temas, poco menos de 33 minutos, que funcionan como una sola pieza fragmentada: no hay relleno ni interludios decorativos, solo módulos sonoros que se encajan entre sí con una lógica interna que se siente casi arquitectónica. El disco se grabó con apoyo del Centre d’Expérimentation Musicale (CEM) de Chicoutimi-Nord, un dato que no es menor: este tipo de laboratorio sonoro parece el entorno natural para una banda que empuja el formato rock a partir de la experimentación más que de la nostalgia.
La secuencia arranca con “Sherpa”, que opera como puerta de entrada a su universo. La guitarra microtonal no tarda en dejar claro que aquí los intervalos son otros: las notas se doblan, se estiran, rozan la desafinación pero se quedan justo antes del colapso, mientras la batería construye un groove que se mueve entre la precisión quirúrgica y el accidente controlado. Es un tema que te toma de la mano y, en lugar de llevarte a la cima, te deja a medio acantilado: desde ahí se ve todo, pero también te das cuenta de que un movimiento en falso y te vas al vacío.
“Tohogd” empuja todavía más la idea de que el ritmo es un terreno inestable. Aquí la banda se acerca de lleno al math rock, con patrones que parecen tropezar constantemente, pero cuya caída está milimétricamente programada. La batería marca cortes secos, filosos, mientras la guitarra arma figuras angulosas que recuerdan tanto a la psicodelia más ácida como a la electrónica más obsesiva, esa que funciona por capas repetitivas que se van transformando casi imperceptiblemente. Es una canción que funciona como prueba de resistencia: si aquí todavía estás a bordo, el resto del disco te va a saber a casa.
El corazón del álbum está en piezas más largas, donde Angine de Poitrine se da permiso de realmente perderse en sus propias ideas. “Tamebsz”, con casi ocho minutos de duración, es un buen ejemplo: arranca casi en trance, con un motivo rítmico que se clava como mantra, y poco a poco se va expandiendo hacia algo más caótico, como si las mismas figuras se fueran corrompiendo con cada vuelta. Hay momentos en los que parece improvisación libre, pero la manera en que caen los acentos, cómo regresan a un punto común, sugiere un diseño muy calculado detrás del aparente desorden. Es un viaje interno, denso, que ejemplifica esa mezcla de ruido, psicodelia y estructura matemática que los define.

“Ababa Hotel” baja un poco la velocidad pero no la tensión. El título ya apunta a cierto humor raro, a un espacio ficticio donde todo parece ligeramente fuera de escala, y la música corresponde: grooves que se desplazan medio paso, giros inesperados en la línea rítmica, guitarras que dibujan motivos que podrían ser melodías pop si no estuvieran torcidas en direcciones imposibles. Es como entrar a un lobby donde el piso está inclinado y los relojes marcan horas distintas; caminas, pero nunca estás del todo seguro de si avanzas o si el lugar se te mueve debajo de los pies.
En el tramo final, “Sahardnieh” y “L’Aberek” terminan de completar el mapa. Son piezas que refuerzan la idea de que el dúo domina el arte de tensionar y liberar, de mantener al escucha en un estado de alerta constante. No hay grandes estribillos coreables ni explosiones épicas al estilo post-rock clásico: el clímax aquí sucede en los detalles, en la forma en que una figura rítmica se desplaza una semicorchea, en cómo una frase de guitarra se abre como un portal microtonal hacia un lugar que la mayoría de los discos simplemente no visitan.
Todo esto está envuelto en una producción que abraza el carácter orgánico del dúo sin perder nitidez. «Vol.1» suena crudo, cercano, pero al mismo tiempo muy pensado en términos de espacio: hay aire entre los instrumentos, las baterías golpean con un tono casi físico y las guitarras ocupan un espectro amplio, con texturas que van del ataque seco a capas más atmosféricas. No se siente como un disco pulido hasta el cansancio, sino como una captura fiel de lo que estos dos pueden hacer en una sala de ensayo, pero amplificada por una mezcla que entiende perfecto que el detalle técnico tiene que servir a la sensación, no al revés.

Parte del encanto del proyecto está también en cómo se inserta en una escena y, al mismo tiempo, parece venir de ninguna parte. Angine de Poitrine dialoga con tradiciones del rock experimental, el math rock, el noise y la psicodelia, pero lo hace con una identidad muy marcada: el humor absurdo, el imaginario visual saturado de puntos y pirámides, la teatralidad de presentarse como seres de otro tiempo y otro espacio. En vivo, su propuesta se convierte en un viaje inmersivo en el sentido literal: un torbellino de baterías irregulares y guitarras de doble mástil microtonales que, sumadas al performance, construyen algo más cercano a un ritual que a un simple concierto.
Aunque «Vol.1» es formalmente un debut largo, el proyecto ya se mueve como una banda con rumbo claro. Desde su lanzamiento, el álbum ha comenzado a circular en nichos de culto, reseñas entusiastas y listas personales que lo señalan como uno de esos discos que llegan sin demasiado ruido pero se quedan mucho tiempo dando vueltas en la cabeza. A partir de aquí han seguido apareciendo sencillos y un anunciado “Vol.II”, lo que confirma que el plan no es un experimento aislado, sino un universo en expansión.
Al final, «Vol.1» funciona como tarjeta de presentación y como manifiesto. Es un recordatorio de que el rock todavía puede ser raro, incómodo y profundamente bailable sin necesidad de suavizar sus aristas, que todavía hay espacio para discos que no se conforman con encajar en etiquetas fáciles. Angine de Poitrine no está interesado en ofrecer seguridad, sino en provocar esa extraña “angina de pecho” sonora donde el corazón se acelera, el ritmo se tuerce y por un momento sientes que el piso se mueve un poco más de lo que debería.
Angine de Poitrine – Full Performance (Live on KEXP)

