
Hay bandas que desaparecen y se convierten en leyenda por accidente. Y hay bandas que desaparecen porque saben, con una claridad casi insoportable, que no tienen nada más que decir en ese momento. La Portuaria pertenece a la segunda categoría. Cuando en 2008 publicaron La vaca atada, nadie lo sabía todavía —ni ellos mismos, quizás—, pero ese disco sería el último capítulo de una historia que tardaría más de quince años en tener continuación. El 23 de abril de 2026, esa continuación finalmente llegó. Y su nombre es La vida en la tierra.
No es un regreso cualquiera. No es la nostalgia disfrazada de disco nuevo que nos venden tantas bandas que regresan a cobrar el cheque del pasado. Es algo más incómodo, más honesto, más interesante: es una banda que vuelve porque tiene algo que decir sobre el mundo que le tocó vivir. Y ese mundo, hay que decirlo, se ha vuelto bastante extraño.
Puerto de origen: Buenos Aires, finales de los ochenta
Para entender La vida en la tierra, hay que volver al principio. Y el principio de La Portuaria no empieza en 1989, cuando debutan con Rosas rojas, sino un poco antes, en 1984, cuando Diego Frenkel, con apenas 19 años, da sus primeros pasos en la música profesional a través de Clap, una banda de new wave y funk integrada también por Christian Basso en bajo, Fernando Samalea en batería y Sebastián Schachtel en teclados. El molde ya estaba ahí: músicos de alta escuela, influencias heterodoxas, ambición sin grandilocuencia.
Clap editó un álbum homónimo en 1986 que tenía una clara influencia de la new wave, especialmente de los Talking Heads. Ese detalle no es menor. David Byrne, el líder de los Talking Heads, se convertiría años más tarde en uno de los capítulos más extraordinarios de la historia de La Portuaria. Pero eso vendría después. Primero tenía que nacer la banda.
Tras la separación de Clap, Frenkel y Basso crean La Portuaria. A ellos se suman el baterista Víctor Winograd y el percusionista afrobrasileño Eliezer Freitas Santos, conformando así la formación original. El nombre ya lo decía todo: portuaria, de puerto, de mar, de encuentro. Una banda que desde el nombre mismo se declaraba lugar de paso, de mezcla, de arribo de sonidos de todas partes.
Desde sus inicios su música escapaba a los modelos tradicionales del rock en Argentina. Se trataba de música fundamentalmente rítmica que exploraba y se nutría de los colores y sonidos de la música del mundo. La variedad rítmica y tímbrica siempre fue parte de la cosmogonía de la banda. En el Buenos Aires de finales de los ochenta, eso era casi un acto subversivo. El rock argentino vivía su momento de mayor esplendor y consolidación, y en ese contexto llega un grupo que no quiere sonar a Spinetta ni a Charly García, que quiere sonar a jazz, a cumbia, a flamenco, al Caribe y al Río de la Plata al mismo tiempo.
La propuesta era desafiante para los estándares del rock argentino de aquellos días: el afiche que anunciaba sus primeros shows rezaba “flamenco rock”, con lo cual quedaba claro lo difícil que era clasificar “eso” que la banda hacía sobre el escenario.
La consagración: del barrio al mundo
La gran palanca llegó en 1990. Viajan a España y a su regreso son invitados a participar en Mi Buenos Aires Rock, un festival organizado por la Municipalidad que convocó a cien mil personas en la Avenida 9 de Julio. Si bien el público había asistido para escuchar a Charly García y a Luis Alberto Spinetta, fue una excelente oportunidad para presentar el trabajo de la banda, que no fue desaprovechada, a juzgar por los aplausos cosechados.
Tocar delante de cien mil personas cuando nadie te conoce es una prueba de fuego. La Portuaria la pasó. Y al año siguiente confirmarían que no había sido casualidad: en 1991 llega Escenas de la vida amorosa, su segundo álbum, que incluye “El bar de la calle Rodney”, su primer éxito masivo. De la mano de la repercusión alcanzada se presentan en el teatro Astros de Buenos Aires con una puesta en escena combinada con elementos teatrales como la actuación de El Descueve y con la participación de Fito Páez como invitado especial. Así se mueven estos músicos: en la intersección de mundos, invitando a otros artistas a su universo como si el escenario fuera efectivamente un puerto donde cualquiera puede atracar.
Los años noventa serían los de su consolidación. Devorador de corazones (1993) y Huija (1995) completarían una primera etapa brillante. Huija presentó ritmos como hip hop, acid jazz y blues, y fue el disco que propuso poner punto final a la banda. En el 96 el grupo se disuelve, pero deja su disco La Portuaria en vivo. Frenkel iniciaría entonces una carrera solista y formaría otros proyectos, mientras la banda quedaba en suspenso —no muerta, sino dormida.
El regreso y el encuentro con Byrne
En el año 2000 vuelve a escena una nueva versión de La Portuaria con el disco Me mata la vida, presentado en el Estadio de Vélez como banda invitada en la tercera visita de Sting a la Argentina. No está mal para un regreso: el estadio de un club de fútbol, teloneando a uno de los rockstars más grandes del planeta. La Portuaria siempre supo moverse en ese nivel.
Pero si hay un momento que definiría la proyección internacional de la banda, ese sería el disco Río (2005) y la colaboración que contiene. Cuando La Portuaria convocó a David Byrne para que participara en Río, le enviaron tres canciones: “Planeta”, “Hasta el final” y “Hoy no le temo a la muerte”. El ex líder de Talking Heads eligió la última porque le gustaron la letra y el gancho. Byrne grabó su parte en Nueva York y la mandó. El resultado es una de las canciones más hermosas y singulares del rock en español.
Byrne y Frenkel se conocieron en una visita de David a Buenos Aires a mediados de los 90. “Fue en la calle Corrientes —recuerda Diego—. Habíamos coincidido en una función de una película de Orson Welles en la sala Lugones del San Martín y a la salida nos encontramos en un café.” Esa clase de encuentros solo pasan en Buenos Aires, y solo les pasan a los que merecen que pasen.
El episodio tiene un detalle que lo convierte casi en fábula: en un alto de la grabación del videoclip de “Hoy no le temo a la muerte”, Byrne —con iPod en mano— fue a practicar su parte frente a la tumba de Gardel, en el Cementerio de la Chacarita. El ex Talking Head ensayando en el cementerio más porteño del mundo. Hay algo poético y ligeramente delirante en esa imagen que resume perfectamente por qué La Portuaria es la banda que es.
El disco 10.000 Km (2003) ganó el Premio Carlos Gardel al mejor álbum grupo pop en Argentina y luego fue editado en Chile y México. Río (2005) les valió nuevamente el Premio Carlos Gardel como mejor álbum grupo pop. Dos Gardel seguidos. No es un accidente: es la confirmación de que la banda había encontrado un sonido propio, inconfundible, que el mercado y la crítica reconocían como algo único.
El largo silencio (y lo que lo rompió)
La vaca atada (2008) cerraría esta segunda etapa de la banda. Y después, silencio. Más de una década de silencio discográfico. No es que los músicos desaparecieran: Frenkel continuó con su carrera solista, publicando discos como El día después (2010) y Célula (2012). Schachtel, Basso y Samalea siguieron activos en la escena musical argentina, colaborando con otros artistas. La Portuaria como entidad, sin embargo, guardó un silencio largo y aparentemente definitivo.
Frenkel, Basso y Schachtel volvieron a juntarse a fines de 2020, aún en pandemia. En medio de proyectos personales, convocaron a Fernando Samalea, Alejandro Terán, Axel Krygier y Adi Azicri y realizaron un show en streaming en Niceto Club. A más de 30 años de su nacimiento, La Portuaria registró y editó este encuentro en el disco Navegar es preciso (2021).
Aquella pandemia que nos encerró a todos, esa ruptura forzada con el mundo que éramos, resultó ser el detonador que encendió una mecha que llevaría años en arder. La idea de un disco nuevo empezó a gestarse en ese encierro, en ese reencuentro de músicos viejos amigos que se miraron y se dijeron: todavía tenemos cosas por decir.
El 21 de agosto de 2025, la banda publicó el tema y videoclip “El animal humano” y anunció una presentación en vivo en Niceto Club de Buenos Aires. La señal de humo estaba en el aire. La Portuaria volvía, y esta vez con todo.

La formación actual: quiénes son hoy
La Portuaria que regresa en 2026 es, como siempre lo fue, una banda de músicos extraordinarios alrededor de un núcleo irremplazable. La formación actual que registró La vida en la tierra incluye:
Diego Frenkel — voz y guitarra. El alma y el rostro de la banda desde su fundación. Compositor, letrista, arquitecto del sonido portuario. Un cantante que nunca necesitó gritar para ser escuchado.
Sebastián Schachtel — teclados y acordeón. El otro pilar compositivo, coautor de algunos de los temas más memorables de la banda. Su acordeón es la firma sonora inconfundible que distingue a La Portuaria de cualquier otra propuesta.
Fernando Samalea — batería. Un nombre que aparece desde los primeros días de la escena, baterista de enorme reputación en el rock argentino, artista visual y escritor. Su pulso es el corazón que hace latir el groove de la banda.
María Eva Albistur — bajo. La incorporación femenina que le da una energía nueva a la sección rítmica. Su presencia en el bajo reemplaza a Christian Basso, cofundador histórico de la banda, y aporta una perspectiva fresca sin traicionar el sonido de siempre.
La vida en la tierra: el disco
La banda liderada por Diego Frenkel lanzó La vida en la tierra el 24 de abril de 2026 en plataformas digitales, con ocho canciones nuevas y una producción enfocada en el sonido de banda, sin artificios.
El álbum fue producido por Diego Frenkel y Sebastián Schachtel, grabado en Buenos Aires en el Estudio Cortázar, Estudios Panda y Estudio Coco, y mezclado y masterizado por Mariano Bilinkis.
Ocho canciones. Ni una más, ni una menos. Hay algo deliberado en esa cifra: no hay relleno, no hay pistas de transición que nadie escucha, no hay experimentos a medias. Solo ocho canciones que se sostienen solas y que juntas forman algo mayor que la suma de sus partes. Un disco que, en su brevedad, tiene más que decir que muchos álbumes dobles.
La filosofía de grabación es el primer gran gesto político del disco. El disco no esconde sus costuras: todo suena como fue tocado. La imperfección humana es parte de la propuesta, no un descuido. En un momento en que la producción musical puede corregir cualquier desafino, cuantizar cualquier error de tempo, y hacer sonar a cualquier mediocre como un genio, La Portuaria elige lo contrario. Eligieron dejar que se escuchen los dedos en las cuerdas, los matices de la respiración, la levísima imperfección que distingue a un ser humano tocando de una máquina reproduciendo. Eso, hoy, es casi un manifiesto.
Diego Frenkel lo resume con una sola frase que dice más que cualquier press release: “No sé si es un disco para escuchar sentado.” Y tiene razón. La vida en la tierra es un disco que mueve el cuerpo y revuelve la cabeza al mismo tiempo.
“El animal humano”: el primer llamado
El adelanto que anunció el regreso de la banda es también la declaración de principios del álbum completo. “El animal humano” funciona como un rezo mántrico cargado de imágenes, ironía y reflexión. En un contexto atravesado por tensiones históricas y sociales, la canción encuentra en el amor —como fuerza irrepetible, intraducible y única— una salida.
El videoclip, dirigido por Ariel Sanna, tiene esa impronta visual que hace que una canción se vuelva imagen mental antes de que el video termine. No es ornamento: es extensión del sentido de la canción.
Hay algo que vale la pena detenerse a observar en la elección del nombre: “El animal humano”. No el ser humano, no la persona, no el individuo —el animal humano. El que tiene instintos, el que suda, el que se equivoca, el que siente miedo y lo hace de todas formas. En un mundo cada vez más mediado por algoritmos, pantallas y simulacros de emoción, La Portuaria reivindica al animal. Al cuerpo. A la torpeza gloriosa de estar vivo.
“Amor Artificial”: el groove como antídoto
“Amor Artificial”, compuesta por Diego Frenkel y Sebastián Schachtel, combina groove bailable y pulso nocturno con una base rítmica sólida a cargo de Fernando Samalea en batería y María Eva Albistur en bajo. Sobre esa estructura orgánica, se despliegan arreglos de cuerdas con impronta romántica e influencia disco, integrados a una estética contemporánea y minimalista.
El título ya es una paradoja feliz: amor artificial cantado con una autenticidad que duele. La canción reflexiona sobre los vínculos en la era de la inteligencia artificial, sobre esas conexiones que se parecen al amor pero que no tienen temperatura, no tienen olor, no tienen la rugosidad de lo real. Y sin embargo, la canción no es un lamento: es una celebración. Como si decir “el amor artificial existe” fuera también la forma de reivindicar que el amor verdadero —ese que transpira, ese que tropieza— sigue siendo posible e irrenunciable.
El videoclip de “Amor Artificial” propone una celebración colectiva donde la música es el movimiento. Figuras destacadas del arte y la cultura como Lorena Vega, Valeria Lois y Leonardo Sbaraglia se suman a una experiencia donde los cuerpos en danza reafirman aquello que ninguna tecnología puede replicar: la conexión humana. Que sea un actor de la talla de Sbaraglia el que baile en el video de una canción sobre la autenticidad tiene algo de manifiesto: incluso la ficción puede ser verdadera cuando viene del cuerpo.
El homenaje a Virus: “Hay que salir del agujero interior”
De las ocho canciones del álbum, la que más conversación ha generado en la prensa argentina es quizás la que La Portuaria no compuso. Entre las canciones que componen La vida en la tierra, el disco incluye un homenaje a Virus y a su mentor Federico Moura, con una versión de “Hay que salir del agujero interior” de Moura/Jacoby, que dialoga con la tradición del pop argentino desde una perspectiva actual.
La elección no es arbitraria. Virus fue, en los ochenta, lo que La Portuaria fue en los noventa: una banda que se negó a sonar como se suponía que debía sonar el rock de su tiempo, que eligió el groove, la elegancia, la inteligencia emocional sobre el ruido y la pose. Federico Moura murió de SIDA en 1988, el mismo año en que La Portuaria estaba dando sus primeros pasos. Hay algo en este gesto —versionar a Virus ahora, en 2026— que parece un agradecimiento tardío pero profundo. Como si Frenkel y sus músicos dijeran: nosotros seguimos el camino que ustedes abrieron.
Y la canción elegida, “Hay que salir del agujero interior”, es casi una instrucción de vida. En un mundo que a veces parece empeñado en jalarnos hacia adentro —hacia el consumo solitario de pantallas, hacia la ansiedad, hacia el ensimismamiento—, la consigna de Moura suena más urgente que nunca. Salir. Al mundo. Al cuerpo. A los otros. La Portuaria la canta como si fuera propia.
El sonido de una banda que sabe quién es
La vida en la tierra no intenta sonar joven para gustarle a alguien. Eso, en el paisaje musical de 2026, es casi un acto de rebeldía. Clásico en espíritu y contemporáneo en sonido, el nuevo trabajo de La Portuaria construye un puente natural entre su historia y su presente.
Lo que distingue a este disco es precisamente que La Portuaria suena como La Portuaria, y no como lo que La Portuaria cree que debería sonar para seguir siendo relevante. El acordeón de Schachtel sigue ahí, ese instrumento tan raro en el rock, tan vinculado al tango y a la cumbia vallenata y al musette francés, y que en manos de esta banda se convierte en algo completamente propio. La guitarra de Frenkel sigue siendo discreta, funcional, al servicio de la canción. La sección rítmica de Samalea y Albistur es sólida como el concreto pero respira, se mueve, tiene gracia.
Entre el pulso de la ciudad y la respiración de la selva interior, la banda retoma el viaje donde lo había dejado, recordándonos que en cada acorde late la posibilidad de un mundo más humano y luminoso.
Hay bandas que envejecen bien y hay bandas que envejecen sabiamente. La diferencia es sutil pero decisiva. Envejecer bien es no perder la energía. Envejecer sabiamente es saber qué hacer con ella. La Portuaria, que lleva casi cuatro décadas navegando los mares de la música argentina, ha elegido la segunda opción. La vida en la tierra es un disco que solo podía hacer una banda con esa historia, con esas cicatrices, con esa fe inquebrantable en que la música tiene algo que decirnos sobre lo que significa estar aquí.
La presentación en vivo
El regreso de la banda también tuvo su presentación en vivo el sábado 25 de abril en La Trastienda, en lo que fue un reencuentro esperado con su público. La Trastienda, ese templo del buen rock en Buenos Aires, fue el escenario perfecto para volver. No un estadio, no una arena: un club de mediano tamaño donde el sonido llega al cuerpo sin intermediarios y el músico puede ver las caras de la gente.
Discografía completa de La Portuaria
Para los que llegan por primera vez a la historia de esta banda —y para los que quieren volver a empezar—, aquí está el mapa completo del viaje:
- Rosas rojas (1989) — El debut, el comienzo de todo.
- Escenas de la vida amorosa (1991) — La consagración masiva, con “El bar de la calle Rodney”.
- Devorador de corazones (1993) — La madurez del sonido.
- Huija (1995) — Hip hop, acid jazz, blues: la banda más ambiciosa que nunca.
- La Portuaria en vivo (1996) — El cierre de la primera etapa, en directo.
- Me mata la vida (2001) — El primer regreso.
- Hasta despertar (EP, 2002) — Con la legendaria versión de “Perfidia”.
- 10.000 Km (2003) — Premio Carlos Gardel. Editado en Chile y México.
- Río (2005) — Con David Byrne. Otro Premio Carlos Gardel.
- La vaca atada (2008) — El cierre de la segunda etapa.
- Navegar es preciso (2021) — El show en streaming de la pandemia, que anunciaba el regreso.
- La vida en la tierra (2026) — Aquí estamos.
Conclusión: el viaje continúa
Hay algo que La Portuaria entendió desde el principio y que la distingue de casi todas las bandas de su generación: que la música no es un género, sino un idioma. Y como todo idioma, puede decir cosas nuevas con el mismo vocabulario de siempre. La vida en la tierra no suena como un disco de los noventa ni como un disco de 2026: suena como La Portuaria. Y eso, treinta y siete años después de Rosas rojas, sigue siendo suficiente para que valga la pena escuchar.
Quince años de silencio para decir ocho canciones. La matemática no cuadra, y sin embargo el resultado es perfecto. En un mundo saturado de contenido, de velocidad, de lo nuevo por lo nuevo, La Portuaria eligió volver cuando tuvo algo que decir. Y lo que dicen es simple y urgente al mismo tiempo: seguimos siendo animales humanos en esta tierra, y eso —todavía, a pesar de todo— es una razón para bailar.
Bienvenidos de vuelta, marineros.
La vida en la tierra (2026) está disponible en todas las plataformas de streaming.
Producción: Diego Frenkel y Sebastián Schachtel Mezcla y masterización: Mariano Bilinkis Estudios de grabación: Estudio Cortázar, Estudios Panda y Estudio Coco, Buenos Aires, Argentina.
La Portuaria – Amor artificial (video oficial)





