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Música

Billie Eilish y la búsqueda de la felicidad

Sobran las presentaciones ante uno de los discos más esperados del año

 

 

Por Miguel Pardo

Sobran las presentaciones ante uno de los discos más esperados del año. El segundo trabajo de Billie Eilish, “Happier Than Ever” está desde este hace unos días en el mercado, y crítica y público se tambalean para lanzar sus impresiones lo más inmediatamente posible; como siempre acontece ante discos tan anhelados. En estos casos, los análisis suelen ser tan precoces, precipitados, e indulgentes (dada la necesidad de recibir visitas), que, a los pocos meses, nadie tiene demasiado claro qué ha pasado realmente con el disco, más allá de que generó un revuelo popular sin parangón. Ahí tenemos algunos ejemplos medianamente recientes, como el último de Rosalía, de C. Tangana, o de los Arctic Monkeys. Este último resulta paradigmático: crítica y público lo pusieron a caldo, pero seis meses después no faltó en ni una lista de lo mejor del año. Dicho esto, aquí la tienen, otra crítica precoz (esperemos que no demasiado) de la precoz Billie Eilish.

Eilish, al igual que otras cantantes adolescentes, ha estado en el ojo del huracán desde prácticamente el inicio de su pubertad. Si esto resulta significativo en algún aspecto, lo es principalmente porque sus fans y seguidores, de algún modo han madurado con ella, y esto resulta esencial para “Happier tan Ever” un disco en el que la norteamericana se supone que ha madurado bastante. Así lo confiesa desde la primera canción, dándonos su versión de lo que es madurar:

But I’m gettin’ better at admitting when I’m wrong

I’m happier than ever, at least that’s my endeavor

To keep myself together and prioritize my pleasure

Pues eso, ha madurado porque admite cuando está equivocada y prioriza su placer. ¿Les suena? Es un poco el discurso de Lorde, Swift, Carly Rae Jepsen, Lady Gaga, Britney Spears… Un discurso de autoaceptación para escapar al personaje que la fama hace del artista. Y ese proceso de “autodescubrimiento del verdadero yo” como recurso redentor y contenido musical. Resulta curioso, por no decir irónico, que Billie Eilish esté intentando escapar de la depresión, de las relaciones abusivas, de la imagen de ropa ancha y estilo hip hopero, del personaje EMO que sus fans le achacan… Cuando es ella misma quién ha utilizado estos distintivos como recurso para primero hacerse popular y luego aseverar (como en entrevistas del debut) que son estas cosas las que le diferencian del resto de personas y artistas.

Este es un momento clásico en la carrera de una artista en solitario. La asimilación de que su personaje se ha hecho con su imagen (cosa por otro lado inevitable y no sabemos hasta qué punto indeseable) y la huida laberíntica para escapar de esos estereotipos, pero “sin renunciar a ser ella”. ¿Cuántas veces hemos visto esto? Tantas como estrellas pop ha habido en la historia, y la pregunta es, más bien ¿hasta cuándo seguiremos apoyando religiosamente este proceso de autosubjetivación de estas cantantes, aplaudiéndoles como en una sesión grupal? No es que la fama lleve comprometidos estos problemas… Es que el existir, en el mundo social, ante las personas; lleva implicados la mayoría de estos procesos que las estrellas pop viven de forma exacerbada. Entonces, ¿parece esta autoindulgencia y búsqueda del placer propio una resolución a dichos conflictos? Después de tropecientos discos sobre el tema, a algunos nos gustaría apostar a que No. Pero bueno, vamos a ver por qué “Happier Than Ever”, a pesar de ser un disco decente, no resuelve estos conflictos.

El segundo disco de Billie Eilish es, a todas luces, lo que cabía esperar de él: una sutil y segura expansión sonora del sonido de “When we all fall asleep…”. Eilish tontea con la bossa nova en ‘Billie Bossa Nova’, con la balada clásica en ‘Your Power’ y ‘My Future’ (como ya le oyéramos hacer para la soundtrack de James Bond), o se lanza con más arrojo que nunca al hip hop en ‘Lost Cause’ o ‘Therefore I am’… Pues eso, una propuesta además por momentos mucho menos medrosa que en su debut; dado que en este “Happier Than Ever” Billie Eilish susurra bastante menos, e incluso remite de forma mucho más interesante a sus influencias… Ahí queda ese tema homónimo, que por mucho que comparen con el resentimiento pop de Olivia Rodrigo, a quién realmente nos recuerda es a Avril Lavigne. Y que por muy kitsch que resulte, es también una de las canciones más desinhibidas y redondas de su carrera.

En tal aspecto, la estadounidense sí que consigue darle a su disco el aire “atemporal” que aseguraba buscar. “Happier Than Ever” es un disco de pop más logrado que su predecesor. También es un disco excesivamente largo: si al sonido de Billie Eilish le pones a transitar por spoken-word, le das un tono narrativo, le quitas ritmos… Pero mantienes el cuerpo oscuro, vago y difuso que lo hace tan característico; no puedes hacerlo de dieciséis canciones. Ninguna de ellas se hace especialmente larga, pero una hora de reloj entera en el mundillo sad que no quiere ser tan sad de Eilish puede llegar a ser un poco abrumadora. De hecho, en ese aspecto y en la propuesta antes comentada, “Happier Than Ever” nos recuerda a un reciente colaborador de Finneas: James Blake. El británico, con su tercer y larguísimo disco “The Colour in Anything” también terminó de tatuarse una etiqueta sad boy blanquito de la que lleva intentando librarse ya un lustro.

Billie Eilish – Your Power (Official Music Video)

Pero el problema concreto de Eilish se encuentra en que lo mismo que parece rechazar (esas dinámicas tóxicas antes comentadas) es lo que parece idealizar a través de su sonido y por qué no, de sus letras. Si en ‘Not My Responsability’ sueltas una diatriba sobre lo feo que está juzgar a alguien por su cuerpo, por cómo es o por lo que dice o hace; no puedes plantarte dos canciones antes y poner a caldo con cierta altivez a un ex por no cumplir con tus expectativas o por no tener trabajo… (¿Quién es Billie Eilish, Adam Smith?). Y ese es también, el problema principal de “Happier Than Ever”, que, aunque sea más feliz que nunca, o más maduro que nunca, sigue siendo… La obra de alguien bastante inmaduro y en ocasiones egoísta o solipsista. En este disco hay una predisposición general al desencuentro; esto es, puede hablar de la reconciliación de su autora consigo misma, pero lo cierto es que no hace sino levantar más barreras entre esta y el mundo. Cosa, para qué mentirnos, bastante triste.

De todos modos, “Happier Than Ever” tiene varios momentos muy interesantes que nos hablan muy bien de Finneas y Billie. Desde la transición entre ‘NDA’ y ‘Therefore I Am’ al aire de ‘Overheated’ y ‘GOLDWING’; la solemnidad que le dan a una propuesta que hace un par de años era (y sigue siendo) un poco púber es admirable. No se le puede pedir tampoco demasiado a un par de post-adolescentes, pero si dejan de ser en ocasiones tan autocomplacientes (defecto que ni pertenece a la ‘Gen Z’ ni tiene por qué definir a todas las artistas de pop, aunque las critiquemos), no hay razón para que Billie Eilish no terminen haciendo un álbum a la altura de su reputación.

Billie Eilish – Happier Than Ever (Official Music Video)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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