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Cultura

La perversión de la verdad. Posverdad, subjetividad y discurso

Ni las falacias ni las fake news ni las mentiras son nuevas, pero su alcance y magnitud en daños como resultado directo de nuestro consumo y el uso que hacemos de la información observa peculiaridades y características nunca antes vistas.

Ni las falacias ni las fake news ni las mentiras son nuevas, pero su alcance y magnitud en daños como resultado directo de nuestro consumo y el uso que hacemos de la información observa peculiaridades y características nunca antes vistas.

                                                                                                                                                        Roy Lichtenstein, “Crying Girl” (1963).

¿Es la posverdad una mentira? ¿De qué tipo y con qué objeto? ¿Qué tan nueva es? ¿Se presenta en nuestra época de una manera distinta a como se ha presentado en otras épocas y circunstancias? ¿Por qué ha cobrado hoy tanta relevancia y atención? ¿Transita solo en los medios digitales?

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE) define posverdad como “la distorsión deliberada de una realidad que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”. El Cambridge Dictionary dice que la posverdad “está relacionada con una situación en la que las personas son más propensas a aceptar un argumento basado en sus emociones y creencias, en lugar de uno basado en hechos”. De manera muy similar, la posverdad para el English Oxford Living Dictionary “está relacionada o denota circunstancias en las que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que aquellos que apelan a la emoción o la creencia personal”.

Observamos que las definiciones de los diccionarios británicos guardan semejanzas insoslayables entre sí en lo que respecta a la separación entre hechos, por un lado, y creencias y emociones por otro lado, acentuando el impacto que las segundas a diferencia de los primeros mantienen en la conformación de la audiencia y la opinión pública. Por su parte, la institución castellana hace referencia a la distorsión deliberada de la realidad por parte del enunciador con toda la volición de manipular, falsear y mentir.

Noticia y verdad ya no se juegan únicamente en la arena de los hechos, lo lógico y lo racional. Esta complejidad, aumentada no sólo por la realidad virtual, el ciberespacio y el universo transmedia, muestra que las definiciones, semejanzas y diferencias entre fake news y posverdad no resultan tan sencillas de establecer y delimitar.

En este sentido, las fake news y la posverdad quedarían más cercanas entre sí. Tal vez lo peor de habitar entre ideas falsas sobre la realidad, más que la falsedad que como tal éstas comportan, sea ignorar qué es y por qué se promueven las noticias falsas. ¿Demagogia, hegemonía, marketing político, populismo, tecnocracia? Ganar pervirtiendo la verdad —ya de por sí “imperfecta” sobre los hechos— sin duda es lo que se intenta a toda costa bajo el régimen de posverdad, como un asunto de poder, supremacía ideológica, popularidad en medio de la incredulidad, el desencanto y la incertidumbre en la cual transita la sociedad global despolitizada y desinteresada de lo público, el bien común y comunicación efectiva. Se trata de sentir más que de pensar, de emocionarse y sentir placer por ello. Mensajes fragmentarios basados en ideas preconcebidas por los emisores, con contenidos muy pobres además de falsos o falaces, por lo general inconexos y ambiguos, diseminados intencionalmente de esa manera para ser asociados y seguidos emotivamente y sin análisis racional —ocasionalmente interpretados y reflexionados críticamente— por los usuarios/ciudadanos, muchas veces reproducidos viralmente hasta convertirse en imaginarios populares conformadores de identidades tan volátiles como el mensaje mismo, y tan moldeables y manipulables como la propaganda y la posverdad, siempre ajustados a la racionalidad de la economía neoliberal y la lógica del mercado con sus tiempos de repetición e inmediatez.

¿Es tan dura la realidad? ¿Tanto le pesa lo real al individuo que la posverdad, no obstante ser capaz de aglutinar tanta falsedad, le funcione como un soporífero para sobrevivir, afectando por igual toda relación intersubjetiva e idea reflexiva que se haga sobre sí mismo y su relación con todo lo otro en su diario acontecer? Ni la epistemología ni la ontología pueden permanecer inmunes ante la presencia singular de este fenómeno y su funcionamiento, pero la ética, la pedagogía y la política menos aún. Cómo formarse y en virtud de qué habilidades, destrezas, competencias y saberes dentro o fuera del contexto educativo institucional, si todo se vale y la emoción que despierta un mensaje o una imagen audiovisual arrojan placer inmediato, y el hecho de compartirlo(a) en la red social procura la sensación de haber realizado un hecho loable en tiempo record, de pertenecer a algo importante, de ser y estar en medio de la acción. Como individuos pertenecientes a comunidades y seres sociales glocales no es posible pretendernos inmunes con respecto a este tipo de prácticas comunicativas e informacionales que cruzan todo aquello que realizamos cotidianamente como seres humanos, profesionistas, votantes, audiencia, consumidores, en fin, ciudadanos tomadores de decisiones en torno a actividades tendientes y que inciden directa e indirectamente en el bien común, la convivencia democrática y el desarrollo sustentable, entre otros roles y esferas sociales.

 

 

Noticia y verdad ya no se juegan únicamente en la arena de los hechos, lo lógico y lo racional. Esta complejidad, aumentada no sólo por la realidad virtual, el ciberespacio y el universo transmedia, muestra que las definiciones, semejanzas y diferencias entre fake news y posverdad no resultan tan sencillas de establecer y delimitar. La información no es neutral, no se produce ni es generada, distribuida y consumida sin causar efectos y consecuencias en la vida humana —y del planeta—. Big Data y la psicopolítica de la cual el filósofo sudcoreano Han nos habla son apenas una muestra al respecto. Tenemos una responsabilidad que asumir, la cual no es sólo de la gente que trabaja en los medios de comunicación y de los periodistas donde los Doppelgänger de la verdad circulan, sino de todos los ciudadanos. Son los estados y gobernantes, transnacionales, redes sociales y medios masivos de comunicación los principales propagadores —no sin la ayuda consciente e inconsciente de nosotros los usuarios–ciudadanos—, los únicos “verdaderos” beneficiarios de las fake news que transitan en esta era de posverdad.

Ni las falacias ni las fake news ni las mentiras son nuevas, pero su alcance y magnitud en daños como resultado directo de nuestro consumo y el uso que hacemos de la información en esta era digital de comienzos del siglo XXI observa peculiaridades y características nunca antes vistas. La posverdad es resultado y productora del debilitamiento y, en ocasiones, rompimiento de hábitos sociales, de la erosión de vínculos y obligaciones comunitarios, a través de cuyas porosidades y fragmentariedades el interés egoísta encuentra pocos obstáculos para recurrir a la mentira y el engaño, como cuando Donald Trump dijo durante la campaña para las elecciones en Estados Unidos en 2016: “Tengo la gente más leal, ¿alguna vez han visto algo así? Podría pararme en mitad de la Quinta Avenida y disparar a gente y no perdería votantes”. Un caso exitoso de la posverdad, al igual que el del Brexit en el Reino Unido, entre otros casos menos sonados globalmente, los cuales sin las redes sociales difícilmente habrían tenido los resultados obtenidos.

La posverdad presupone la no–existencia de criterios suficientes para cotejar entre lo que es verdadero y lo que no, de allí que no enfrente complicaciones mayúsculas para mimetizarse con la propaganda, de la cual por cierto, el populismo siempre ha solido encontrar un gran aliado, beneficiándose de la difusión y el ejercicio del poder no del modo más democrático por cierto. Si el ciudadano sentía —o pensaba— que vivía en incertidumbre permanente desde finales del siglo XX, esta era de la posverdad se inserta en la cultura, el imaginario social y el sistema de creencias dominantes de cada sociedad, generando respuestas cognitivas sesgadas, provenientes crecientemente de las partes afectiva y emocional, es decir, de las más cambiantes y volátiles de los ciudadanos/consumidores hiperconectados en la hiperrealidad psicopolítica del siglo XXI. Una vez traicionada la confianza del ciudadano, las ganas de creer y de sentir probablemente lo lleven a dedicar menos tiempo a pensar, razonando falazmente en lo concerniente al escenario público de lo común, atrayendo así la fantasmagórica aparición de la figura del mago que habita en la demagogia y el populismo. ®

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