
Hay discos que llegan a presentarse solos, como si el mundo los estuviera esperando sin saberlo. Música para humanos, el álbum debut del proyecto madrileño Corte!, es exactamente ese tipo de registro: uno que aparece de repente en tu radar y te deja pensando durante días, no solo por lo que suena, sino por todo lo que dice. Y vaya que tiene cosas que decir.
Detrás de Corte! está Gonzalo Barbero, nacido en Madrid en 1997, quien comenzó su camino en la música de la forma más honesta posible: con una canción llamada Una Rata. No con un gran lanzamiento, no con una estrategia de marketing milimetrada, sino con una rata. Eso ya te dice bastante sobre el tipo de artista que es. En 2018 formó parte de otro proyecto musical, pero siempre tuvo claro que su destino era caminar en solitario. Tardó algunos años en dar el paso definitivo, y fue hasta 2023 cuando comenzó a construir lo que sería Corte! como proyecto propio. Dos años después, con toda la calma y la contundencia del mundo, entregó este disco.

Música para humanos no es un título irónico, aunque podría serlo. Es una declaración de intenciones. Gonzalo construyó un álbum completamente dedicado a esta especie nuestra, la que hizo historia durante el Holoceno, esos 11,700 años de evolución que, según el propio artista, parecen acercarse a un amargo final. El disco funciona como un homenaje retorcido y al mismo tiempo como un diagnóstico feroz: somos seres alienados, atrapados en el consumo, aplastados por la mediocridad cultural, con el ADN apelmazándose en cuerpos descerebrados y pieles blanquecinas. No es precisamente un mensaje de autoayuda, pero tampoco pretende serlo.
Lo que sí pretende ser, y lo logra con creces, es una catarsis. Ocho canciones, ni una más ni una menos, que recorren el espectro emocional completo: euforia, rabia, desilusión, tristeza. Todo en un viaje que te sacude y te deja con la sensación de haber procesado algo importante, aunque no sepas bien qué. Los ritmos son envolventes, adictivos incluso, y las letras golpean con esa clase de crudeza que solo consiguen los artistas que escriben desde un lugar verdadero. Frases como “soy un ser compuesto de un 78% de agua y sé lo que quiero” tienen esa calidad extraña de sonar al mismo tiempo absurdas y profundamente ciertas.
Musicalmente, Corte! vive en esa intersección fascinante entre la electrónica, el new wave y el post-punk, un territorio que en manos equivocadas puede sonar a pastiche, pero que Gonzalo habita con naturalidad y criterio. Sus referencias son claras y bien digeridas: los Talking Heads y su forma de convertir lo cotidiano en algo casi filosófico, Lizzy Mercier Descloux y su mezcla de provocación y elegancia, y propuestas más contemporáneas como Dry Cleaning, con esa vocalización casi hablada que convierte las letras en algo entre poema y confesión, o Yves Tumor y su capacidad para hacer música que incomoda sin perder el gancho. Es una genealogía musical sólida, y se nota que Barbero la conoce bien y sabe exactamente qué tomar de cada una.
Lo que hace especialmente interesante a este disco, más allá de sus influencias, es la mirada que propone. A Gonzalo siempre le han interesado la historia, el ser humano como fenómeno cultural y el destino colectivo de nuestra especie. Eso se traduce en canciones como Hay un niño atrapado dentro de una máquina, uno de los primeros adelantos del álbum, que funciona como una crítica certera a la sociedad contemporánea, a esa relación cada vez más extraña y dependiente que tenemos con la tecnología y con nosotros mismos. El título solo ya merece un momento de reflexión.

Otros cortes como Modales de araña, La canción de los días felices y Centro de gravedad completan ese viaje emocional que el disco propone, cada uno aportando su propio matiz al retrato general de la humanidad que Corte! está pintando. No son canciones que se entiendan de manera aislada, sino piezas de un rompecabezas que tiene mucho más sentido cuando lo escuchas de corrido, de principio a fin, como los discos se supone que deben escucharse.
Y hablando del final: el cierre del álbum es quizás uno de sus momentos más personales y emotivos. Gonzalo quería que unas voces humanas cerraran el disco, voces reales, no procesadas ni artificiales. El tema habla de la imposibilidad de construir futuro desde el pasado, algo que aplica tanto a la inteligencia artificial, que no hace otra cosa más que reciclar lo que ya existe, como a nosotros mismos, atrapados a veces en nuestros propios patrones y memorias. Y en el segundo treinta de esa canción suenan unas percusiones de madera que tienen una historia especial: las grabó su madre. En un disco lleno de ideas grandes y ambiciones sonoras considerables, ese detalle pequeño y doméstico es tal vez el más poderoso de todos. Gonzalo mismo reconoció que fue lo que más ilusión le hizo de todo el proceso de producción.
Porque sí, hay que decirlo: todo esto lo hace desde su casa. No hay gran estudio detrás, no hay una maquinaria discográfica imponente. Hay un chico de Madrid con una visión clara, buen gusto musical y algo importante que decir. Y eso, en el panorama actual, no es poca cosa. De hecho, es exactamente lo que hace que Música para humanos suene tan genuino. No hay nada inflado ni sobreproducido, pero tampoco suena pequeño. Suena como alguien que sabe exactamente lo que quiere hacer y lo hace.
Música para humanos ya está disponible en todas las plataformas de streaming. Y no, no tienes que ser un robot para escucharlo. Aunque si lo eres, probablemente también te guste.
CORTE! – Hay un niño atrapado dentro de una máquina

